El Papa Francisco, un profeta de la Misericordia

 


b_150_100_16777215_00_images_franciscoaudienciageneral_bohumilpetrikaciprensa_110815.jpgMadrid, 19 Nov. 2016  8:50 am (Ricardo Duarte Divison). La esencia de Dios es la misericordia. Así se reveló Dios a Moisés en Ex 34,6-9, constituyendo ésta la fórmula de gracia presente en muchos profetas, en conexión con la bondad y la fidelidad de Dios con su pueblo. El papa Francisco ha convocado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que se abrió el 8 de diciembre del 2015, por consiguiente, escudriñaré la Bula Misericordiae Vultus de Francisco, buscando en ella algunos elementos propios de la teología de la misericordia presente en los profetas Oseas, Joel y Jonás, con el objetivo de saber si la perspectiva de misericordia del Papa se acerca o se aleja de los profetas antes mencionados. Para mi cometido, tengo presente los siguientes rasgos que tienen que ver con la misericordia: la fórmula de gracia, la conversión de Dios, la cooperación de la criatura con Dios y la libertad de Dios para perdonar.


En primer lugar, el papa Francisco conecta su reflexión de la misericordia con la fórmula de gracia (Ex 34,6), que a su vez marca el mensaje profético de Oseas, Joel y Jonás (Jon 4,2). Esta influencia de la fórmula de gracia en Francisco se pone de relieve en el primer número de la Bula, expresando que ese Dios misericordioso que así se ha revelado a Moisés, no ha dejado de revelar de distintos modos su esencia divina en la historia.


En el capítulo 11 del profeta Oseas encontramos uno de los textos más preciosos del Antiguo Testamento, puesto que ahí se manifiesta con gran densidad el amor de Dios hacia su pueblo. Dicen los v. 8b -9a “Un vuelco ha dado en Mí mi corazón, a una han ardido mis entrañas. No ejecutaré el ardor de mi cólera, no volveré a aniquilar a Efraím, pues soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador”. Con esto se nos muestra que la Omnipotencia y la divinidad de Dios, no se manifiestan en un su justa ira sino en su misericordia, que en definitiva es su esencia. El profeta resalta la conversión de Dios, puesto que su corazón da un “vuelco”, es decir, que Dios toma la iniciativa y se convierte, abriendo paso también a la conversión del hombre. Esta perspectiva de la misericordia está presente de una forma muy clara en Francisco cuando dice: “Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo” . Esa iniciativa de Dios nunca es ignorada por Francisco, porque siempre pone de manifiesto que el primer paso para perdonar es de Dios, puesto que es Él quien sale a nuestro encuentro para tendernos la mano y hacernos caminar, y por eso, el Pontífice dice que Dios “viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía” . Pero es el corazón de Dios el que primero se convierte y se convulsiona.


Entrando ahora en el libro de Jonás, nos encontramos con un profeta rebelde que no quiere hacer la voluntad de Dios, y que se disgusta cuando sus oyentes se arrepienten. Jonás al igual que el Faraón, quiere impedir la conversión de Dios para que tampoco el pueblo se convierta, sin embargo, Nínive se convierte por la predicación de Jonás y Dios perdona a los ninivitas (Jon 3,10). El autor del libro de Jonás resalta que nada puede impedir la misericordia de Dios, puesto que Él es libre para perdonar, pero también la criatura debe cooperar convirtiéndose. Francisco pone de relieve esa característica de Dios cuando dice que “La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona” . En ese acto supremo de la misericordia, Dios nos revela su omnipotencia y nunca esto será un signo de debilidad, por eso, nadie puede impedir que Dios perdone. El Papa sabe que la misericordia de Dios es absolutamente gratuita, pero igual que en el libro de Jonás, resalta la cooperación del hombre con Dios, por eso, en la Bula insiste en las peregrinaciones (n. 14); en las obras de misericordia corporales y espirituales (n.15); llama a meditar en este tiempo de oración, ayuno y caridad sobre algunas páginas del profeta Isaías 58,6-11; convoca la iniciativa de las 24 horas para el Señor; pone mucho énfasis en el sacramento de la reconciliación (n.17); y envía a los Misioneros de la Misericordia (n.18). Estos gestos sencillos, muestran que el hombre mediante su arrepentimiento y conversión, quiere cooperar con Dios para recibir el perdón.


Pasando ahora al mensaje del profeta Joel, encontramos que en su predicación de la desgracia y la catástrofe que viene el día de Yahvé, invita al pueblo a la conversión. En Joel 2, 12-17, el profeta hace hincapié en la actitud penitente que debe adoptar el pueblo, puesto que lo único que puede hacer el pueblo es convertirse y clamar a Dios, pero esto no condiciona la absoluta libertad de Dios para perdona, de ahí que en el versículo 14 se resalte la libertad divina para tener misericordia. El Papa no menciona de manera explícita la libertad de Dios para perdonar, pero se puede rastrear de manera implícita, puesto que Francisco insiste mucho en que es Dios quien viene al encuentro del hombre para perdonarlo, y eso ya implica la absoluta libertad de Dios para tener misericordia. El Pontífice expresa varias veces que la misericordia: “es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro” . Es decir, que Dios es el que primero se pone en movimiento con toda libertad y voluntad propia, para también ponernos en movimiento a nosotros.


Al terminar nuestro recorrido, podemos afirmar sin dificultad que la perspectiva de misericordia que usa el papa Francisco en Misericordiae Vultus, es muy cercana a la de los profetas Oseas, Jonás y Joel, por las características similares que ya hemos puesto de relieve, sin embargo (salvando el anacronismo), Francisco va más allá que los profetas, porque esa misericordia de Dios ahora adquiere un rostro en Jesucristo que nos revela la esencia de Dios.

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